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mayo 29, 2013

Arte benevolo.


Ha sido una evolución rápida e insospechada, nunca nadie supondría hace cincuenta años, que ahora escucho en el estudio música de Scriabin, sin que yo sepa de donde venga, aunque es RNE clásica que llega desde una web al uso.
Mi abuelo Jose Maria era aficionado a los conciertos, a los que asistía los viernes en el entonces Palacio de la Música, en la La gran Vía. 
Cuando la abuela estaba enfriada, solía ser yo uno de los nietos privilegiados que le acompañaba.
Los “ancianos” de las localidades próximas preguntaban por la salud de la abuela Pilar y me pellizcaban las mejillas....”que niño mas guapo”, luego se apagaba la luz y la Orquesta Nacional interpretaba el programa. Siempre me fascinó el sonido en vivo de una orquesta sinfónica y desde entonces quedé ligado a escucharla mientas trabajo, las obras de los clásicos!!!!. Recuerdo ahora la letra un poco cursi del famoso “An die Musik” de Schubert.

Oh, arte benévolo, en cuántas horas sombrías,
cuando me atenaza el círculo feroz de la vida,
has inflamado mi corazón con un cálido amor,
me has conducido hacia un mundo mejor! 
Con frecuencia se ha escapado un suspiro de tu arpa,
un dulce y sagrado acorde tuyo
me ha abierto el cielo de tiempos mejores.
¡Oh, arte benévolo, te doy las gracias por ello!
 
Mi abuelo, algunas tardes, abría la tapa de la “Gramola” y con mucho cuidado extraía un pesado disco, al que aplicaba un paño y lo colocaba en el pincho del tocadiscos, la velocidad 78rpm y el brazo que se deposita suavemente sobre el borde y comienza la música.
Se decía que la aguja era de diamante y todo era sagrado y no apto para niños.
La caída de un disco al suelo provocaba su rotura en trozos limpios, negros y lastimeros. Cuando el disco se rallaba, suenan uno o dos acordes de forma continua y hay que levantarse a darle un empujón a la aguja, para siempre ya.......... un disco rayado.
Mi hermana Teresa en su adolescencia era la que compraba canciones, de Elvis o de los Beatles y los Rolling Stones, en unos discos pequeñitos a 45rpm con dos canciones por cara, eran flexibles y delgados, pero también se rallaban. Con los años incluso los hubo de colores, era la modernidad.
Las fundas de cartón, con fotos estrafalarias de los autores, las recuerdo aun al verlas en documentales sobre la época.
Siempre odié los discos y su enojosa manipulación, así que mi primer aparato fue un grabador de cinta ancha, en el que capturaba conciertos enteros de la radio, con los inevitables fondos de un ruido inoportuno, o un “ya esta la cena”, que me llegaban a resultar parte del concierto de piano o de una sonata, cosas de la grabacion casera.
Nunca me gustaron las casetes, creo que de los años setenta, muy habituales en los coches y en los transistores de pilas. 
A veces se formaba un gran lío con la cinta y varios metros se desmadejaban y escapaban del cartuchillo de plástico.
Recuerdo seres tenaces que con un lápiz. a base de dar vueltas, rebobinaban la cinta hasta conseguir que sonara otra vez.
En los ochenta aparecieron los CD que un láser leía sin tocarlos, nunca lo entendí, pero sonaba y los disquitos, diminutos, no se rompían ni rallaban, gran avance que yo considere definitivo y eterno, acumulando con los años una gran cantidad de ellos, que yacen ahora olvidados en sus fundas de metacrilato, muchos con las tapas descoyuntadas y la esterilla de foam corrompida y pegajosa.
Mi primera música en el ordenador era un formato llamado “midi”, aunque la gente joven hablaba de MP3 y pronto empezaron a descargar canciones de forma pirata, canciones de toda clase y de toda época que estaban guardadas en algo que llamaban servidores.
El "Ipod" fue la revolución a la que ya nos acostumbramos, ahora es un clásico, las calles con auriculares blancos.

La música a vuelto a su esencia de no existir, desprovista de formato físico, se compra en “Itunes” y se agazapa de alguna forma en no se donde, en espera de ser escuchada, en unos altavoces con Wifi que andan por ahí.
Para darle al “play” se usa el teléfono o el Ipad y se cambia de tema, ademas de subir el volumen.
Sin pañito y sin Gramola, mi abuelo hubiera organizado muchas mas tardes musicales, sin duda.
Pienso nuevamente que esto será definitivo y eterno, aunque visto lo visto, dudo de como escucharan música mis nietos. 

mayo 25, 2013

Ma solitude.






Debió ser un sábado de agosto, al ya solitario mes en Madrid, se añadió el fin de semana en que ya el personal huía despavorido de la ciudad, tan mal e inhabitables las hemos hecho.
Una casa nueva, recién acabada en la que solo había un vecino, algo siniestro, luego mas tarde lo conocí y resultó ser entrañable, pero la verdad era un ser muy raro y atrabiliario.
Una pequeña y desamueblada buhardilla mirando sobre la “puerta de la armería”, en el “Barrio de Palacio”.
El dormitorio chico y muy blanco, casi de monje, con hueco a un patio de luces pequeño, la casa medianera por el patio, de esas lugubres, abandonadas y arruinada, cristales rotos y negrura interior.
Noche caliente de ventana abierta, el silencio del abandono y las horas tardías, el refugio de una juventud descarriada y azarosa, que busca rehacerse para no sucumbir.
Un libro triste y desesperanzado, posiblemente de Pío Baroja, el autor favorito de aquella época de mi vida.
De pronto, una música que cae desde por arriba del alero de la cubierta, desgarradora y nostálgica, me era familiar pues es del 69 y mi oído es bueno, pero nunca la había escuchado con atención, como sucedió en la soledad de aquel agujero en aquel barrio nuevo para mi.
Deje de leer y me concentre en la letra, con mi francés del colegio, adiviné que hablaba de algo como la “compañía de la soledad”, era bonita y triste.
Al rato se repitió la breve canción, mi vecino el siniestro debía estar hundido pensaba yo, solo y huérfano de amor, se regodeaba en la melodía y su significado, como hurgando en la herida.
Volvió a sonar como una saeta y la noche quedo silenciosa de nuevo, de sábado de agosto en barrio arruinado y deshabitado.


Años mas tarde la he vuelto a escuchar y finalmente supe que era “Ma solitude”, que nunca yo prestaba atención a las canciones de mi época.
Hoy que Georges Moustaki ha dejado de cantar para siempre, la he silbado durante la tarde varias veces, recordaba aquel instante mágico y misterioso de aquel agosto, también recordaba a Jaime mi vecino, venido de Japón con su barba rala y sus ojos dulces y asombrados.
Mi vida en aquel refugio después del naufragio, tantas cosas plasmadas en una canción anónima y ya olvidada.
Como Machado, solo he querido anotar en mi cartera, este milagro de la primavera, el recuerdo ya lejano en la noche, esta vez de un Madrid bullicioso y de luna llena.