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agosto 25, 2015

El Monte Libano.

De entre las cosas que recuerdo en este tiempo de poco navegar, es cuando el amo me envió con dos hombres bien armados, hasta el monte Líbano, a más de cinco jornadas de Sidon.
Fue la primera vez que me confió negociar la compra de madera a un tratante también hebreo, viejo conocido suyo, quien por generaciones de leñadores con serrería, se dedicaba a este negocio del cedro, la encina el roble y el ciprés, que de todo crecía en esos bosques.
Nos pusimos en marcha a principio de enero, con tiempo inclemente de muchas lluvias y vientos muy desapacibles.
La campiña camino de la Sierra se veía feraz, con toda clase de frutales y de árboles para fruto seco, también trigo y centeno en grandes extensiones planas regadas por acequias, todo cuidado y en orden.
Una de las noches dormimos en casa de un siríaco que nos alojó en su casa, junto a su familia llena de niños, tantos como nueve, la mayor una chica de pelo azabache y ojos claros, delgada y flexible como una espiga de los trigales.
Nos cocinó Fátima su esposa, un chivo con verduras como para relamerse los dedos.
Entorno al fuego, inquirió el patriarca de la hacieda sobre mi amo y el motivo del viaje, luego se lamentó de la inseguridad del valle de la Bekaa, entre el Líbano y el Antilíbano, con las constantes razias de salvajes energúmenos que les robaban el ganado y las cosechas.
Era un hombre ya mayor de largas barbas canas, de mirada inteligente y bondadosa, creyente de Yave, el Dios de los hebreos, aunque como ya dije era sirio el anfitrión.
Las dos últimas jornadas del viaje, de una costosa ascensión, con la nieve al fondo, que no conocía yo la nieve antes, tan blanca y tan fría, solo de verla le en los días claros desde el mar.
Al fin al quinto día, entramos en la casa de Mosén David, el factor del mayor negocio de madera de la Sierra.
Dormimos en una confortable casa de piedra, calentada con numerosos hogares de leña, que en la casa sobraban astillas y troncos de todas las maderas conocidas.
David era todavía un hombre joven, el negocio heredado de su padre y de su abuelo, quien sabe de cuantos ancestros mas.
Estaba orgulloso de su vida y de su herencia, sabia de los bosques y las épocas de corta cuando la savia se duerme, de como extraer el aceite de cedro tan apreciado en Egipto por los embalsamadores, de como secar los tablones y de armar almadías para bajar la madera por el río hasta el puerto para el embarque.
En su heredad trabajaban mas de cincuenta hombres, en cabañas diseminadas entorno a su morada, solo algunos esclavos, los mas de sangre judía como el mismo.
Me contó entorno al hogar, saboreando un brebaje destilado de manzana, de la construcción del templo de Salomón en la que su tatarabuelo Esau participo en muchos artesonados y vigas que albergaron los tesoros de el Rey David, junto al arca de la alianza.
Me habló de los canteros palestinos y los arquitectos cananeos, de como el rey enviaba hasta cuarenta mil hombres a los bosques para trajinar los arboles y convertirlos en piezas de estructura y tableros labrados con primor.
Mientras todas estas historias relataba, sentía yo por primera vez el calor del destilado de manzana, que me sumía en una laxitud preludio del sueño, que tantas veces sentiría a lo largo de mi azarosa vida.
Para siempre quedó en mi retina la imagen de aquellos bosques húmedos de las lluvias que el Antilibano exprime, impidiendo que lleguen a la desértica Mesopotamia, nubes del Mediterráneo que se condensan en las sierras lejanas y blancas que desde niño veía yo desde la playa.

agosto 10, 2015

Guerra interminable.

Nunca estuve yo en una guerra, esta contra Roma duraba ya tres años y no imaginaba como era la guerra de la que todos hablaban.
En mis días en la mar había presenciado dos intentos de abordaje de los piratas, frente a la Tingitania, pero con sus pequeñas naves nada pudieron contra nuestra gaula de noventa pies, aunque algunos saltaron a cubierta y fueron heridos, quizá muertos por nuestra guardia, arrojándolos luego al agua.
Así que pensaba que romanos y cartagineses se abordaban a diario, ya mas de mil días guerreando, que a mi me resultaban tediosos de inactividad.
El ultimo verano estuve de nuevo en Chipre, desde Sidon apenas tres días de navegación, ya en los comienzos del otoño un viaje rápido a Judea con madera de los bosques de cedros, que ni en Egipto ni en Palestina crecen árboles de tan recios troncos, tan preciados para la construcción, tanto de templos como de embarcaciones.
Días interminables en el almacén del amo, junto al puerto, inventariando mercancía, ordenando sacos y ánforas, cestas y toneles de madera.
Lo mas ingrato, las lecciones para aprender las letras y las cifras, que mi amo lo consideraba oportuno para así ayudarle en los papiros que enviaba por todos los mares, con ofertas de compra y venta.
Con el buen tiempo, en estos años, han arribado embarcaciones de este lado del mar, que traen noticias creo yo exageradas de Sicilia, un marino del Cáucaso aseguraba que por los cauces de los ríos corría sangre, otro de una birreme iliria, que de tantos cuerpos flotando la quilla apenas avanzaba a pesar del viento fresco que soplaba, junto a Siracusa.

Mosén Ezequiel, un hebreo que visitó a mi amo, procedente de Jerusalén, le detalló con precisión lo que de cierto ocurría entorno al mar de Sicilia.
Los romanos habían desembarcado cincuenta mil legionarios en Messina, así que sitiaban nuestras ciudades, aunque resistían tras sus murallas, que desde Cartago las abastecían por mar.
Los enfrentamientos en el agua eran favorables a nuestros barcos, mejor gobernados y con su devastador espolón de bronce, daban cuenta de las torpes naves de Roma echándolas a pique, siendo sus tripulantes comida para los peces.
La suerte de las armas se mantenía pues en equilibrio entre victorias en tierra y derrotas en la mar para los arrogantes romanos.
Me estaba haciendo yo un joven bien formado, fuerte de cargar tantos fardos, ágil de saltar por las rocas junto a mis compañeros de juegos.
De cabellos negros y largos, supongo que mi estampa resultaba armoniosa y lo notaba yo en las miradas de las jóvenes que se cruzaban en el mercado, donde el amo me mandaba cada semana a regatear la fruta y el trigo para el rancho de los empleados que dormíamos en el almacén.
Mis días pasaban rápidos e iguales, a excepción de las breves navegaciones de ida y vuelta, junto a algunas comisiones que el amo nos encomendaba de tarde en tarde.
Diré ahora, que nuestro pueblo, el cananeo, que eso éramos nosotros, era numeroso y civilizado, tres ciudades Byblos Tiro y Sidon, eran el corazón de nuestra patria, junto a otras muchas mas pequeñas diseminadas por la costa e innumerables aldeas en la planicie del interior.
Crecíamos magnificas cosechas de muchas clases de frutos y cereales, abundaban los rebaños de cabras y ovejas, vacas y camellos, además de aves de corral y toda clase de plantas silvestres para nuestro vestir y manducar, de algodón esparto brezo....pensaba yo que nuestra tierra era la mas fértil de todas, recordando la aridez de las llanuras egipcias y  lo atormentado de las tierras mas al norte, llenas de maleza y sin civilizar.
Solo comparable a nuestra patria, las costas de Iberia, con su mar plateado y sus montes verdes bajo el sol alegre, de las que en estos tres años de ausencia, trato de rememorar, cuando cansado al final del día, me tiendo en mi litera raída y cerrando los ojos, sueño con sus suaves olas y sus gentes risueñas a las que les gusta danzar y cantar.
Nuestra tierra soportó durante siglos, el pillaje y los abusos de los asirios, que bajaban de las montañas a asolar y esquilmar nuestras granjas.
Las ciudades, resistían tras sus muros, largos asedios a veces por espacio de meses e incluso años.
Al final nuevos impuestos e incluso la imposición de un nuevo rey que nos somete a la mas burda de las tiranías.
Nunca me acostumbré a la sensación de amenaza que representan las cumbres, al este de Cananea, tras las que acechan asirios y babilonios, pienso que somos un pueblo esclavo que nunca se une para derrotar a esos bárbaros sanguinarios que amargan nuestra vida y ensombrecen nuestra campiña.
Nuestras ciudades son incapaces de unirse y formar una gran alianza naval que seria invencible, tampoco de traer un gran ejercito de negros del Sudan y númidas de Cartago, para así exterminar a nuestros vecinos y poder vivir sin miedo al futuro.
Todo esto pensaba yo, mientras me hacia una idea de como eran las reglas de los hombres, la fuerza, la inteligencia, el engaño, me sentía desvalido y no imaginaba mi vida fuera del servicio a mi amo, que provee mi sustento y me da ordenes, sintiéndome encajado en este caos que me va pareciendo la vida entorno a este mar azulado que ha sido la cuna en la que me he mecido.