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marzo 30, 2016

La playa en Chipre.

El amo no contó que la guerra va muy mal para los púnicos, se defienden en el mar, que nuestros barcos parten las galeras romanas con sus espolones de bronce y perecen esos arrogantes seres.
Tienen una nueva táctica, ponen unas pasarelas y tratan de abordar nuestras trirremes, para pelear como si estuvieran en tierra, que en esto son superiores, según el viejo nuestras maniobras los burlan y los costados de sus barcos acaban penetrados por las proas de Cartago, ante la mirada de los ojos de “Melkart”.
No obstante el saldo es negativo, pues las legiones van cercando las ciudades del occidente que van cayendo como las nueces del árbol, la primera Siracusa, por la traición del tirano, luego Cefalú, Palermo....supongo que Sicilia entera se va a perder ya ya no podremos poner un pie en esa antigua tierra.

Mientras pienso todo esto, la proa del "Shalom" corta el agua azulada del mar en primavera, camino de Chipre.
Desde hace poco tiempo el mundo ha cambiado, como todos los años el aire se ha templado y los arboles cambian las hojas, el sol esta ya alto cundo sube al zenit y muchas aves que se fueron, han vuelto a sus nidos para criar nuevos pollos.
Me gusta Chipre, es una isla grande, como Sicilia, pero con montañas altas y tierras mas fértiles.
Hay allí antiguas ciudades que fueron destruidas cuando la tierra se movió, hace mucho tiempo ya de eso, altísimos montes por donde salía el fuego de la tierra, aunque ahora apenas queda humo que se destaca contra este azul intenso que tanto me gusta.
Al atardecer los montes están ya cerca y el levante cae hasta casi pararnos, hoy dormiremos sobre las olas.
La gran bahía junto a Salamina es nuestro punto de encuentro con el factor que trata con el viejo, al poco de amanecer salta de nuevo el viento y divisamos el humo que indica nuestro rumbo.
A media mañana distinguimos los brazos que nos saludan y en poco tiempo varamos el casco en la arena de una solitaria playa.
Vamos a cargar mucha madera de ciprés que esta apilada, cortada y labrada en tablones de tono cobrizo, también hay cestos de naranjas y ánforas de aceite y otras cosas del campo.
Nuestro desembarco es leve y sofisticado, exvotos de bronce y perfumes de oriente, sedas de la India y pergamino de Byblos.
Pasamos tres jornadas allí varados, yo prefiero dormir cerca de la playa, bajo unos acebuches que parecen querer hacerse navegantes.
El patrón se aloja en el poblado y los soldados, con un ojo abierto, se recuestan en la cubierta junto a las velas plegadas.
A veces pienso en abandonar todo y marchar hacia poniente, a esas tierras que recuerdo con nostalgia, mi vida me parece sin interés, confinado en Sidón en los inviernos y atado a estas cortas navegaciones que me procuran el sustento.
Me he vuelto ya un joven fuerte y conocedor de cuentas y escritura, con la espada me defiendo y practico cada día con los soldados, nada me ata a estas costas y pienso si tendré el valor de cortar el cordón de mi ombligo que me une a toda esta vida que ya no deseo.

De nuevo la noche, el agua salpica, que el casco casi esta casi sumergido por el peso de la mercancía, me muevo hacia la proa y me adormezco un día mas soñando, pensando en mi destino, bueno mañana será entrar a puerto y descargar, contar, escribir y esperar las ordenes que el patrón reciba del anciano, cada día mas encogido y malhumorado.

marzo 23, 2016

Suicidas.

No sé yo de los primeros suicidas en la historia, que es cosa singular privarse uno mismo del aliento.
Famosa fue la inmolación de los numantinos, frente al largo sitio de su ciudad por las legiones romanas, pero es este suicidio de dignidad, para no someterse a la esclavitud y la ley de la odiada Roma.

Leyenda es lo de Cleopatra, que se quito la vida al ver que no podía seducir a Octavio, con una culebrilla a la que llaman áspid, es decir una cobra egipcia.
Escuchaba yo siendo niño, de los suicidios por el juego, a la salida de los elegantes casinos de principio de siglo, noches de bebida y excitaciones que acaban en la más absoluta de las ruinas.
La cabeza da más vueltas que la bolita de la ruleta y al amanecer, viendo la vida ya imposible, un disparo seco en la sien con una pistola pequeña y sofisticada, ya no hay ruina.

Conocí también de los que se arrojaban por el viaducto de Segovia, cuarenta metros de caída a la calle del mismo nombre, eran suicidios románticos, por amores a veces, por contrariedades o por ruina pero sin casino, que la merma de la bolsa es producida por muchas circunstancias.
Los temerosos kamikazes que en sus pequeños aviones tratan de estrellarse contra la cubierta de un portaaviones, o las baterías de un gran acorazado, al cabo eran soldados....
Los he visto con su casco de cuero, pañuelo blanco con el sol naciente en la frente, mientras beben un pequeño vaso de sake para infundirse animo, son muy jóvenes, apenas una veintena.
Ya en mi juventud empezó esto de los suicidios matando a otros, es un asesinato suicidio.
Primero los palestinos, en cualquier café de Telaviv o en un autobús de Jerusalén, durante años de sordidez, aunque los israelitas, dinamitando la vivienda de los padres del atroz joven, acabaron con la costumbre por ahora.
Con los años, vino lo de Nueva York, en modalidad nunca vista, que los kamikazes hacían la guerra y se mataban ellos solos, estos otros especímenes con grandes aviones llenos de pasajeros, con sus maletas y todo, se estrellan contra los edificios, en un Apocalipsis del suicidio no superada hasta ahora.
Lo que sí se ve casi a diario, es lo del cinturón bomba o el coche bomba, incluso recuerdo la bicicleta bomba, que más da en ese furor de destruir y destruirse.
No sé qué pensar de todo esto, supongo que es parte de el odio, sentimiento muy popular, provocado por la infelicidad, la envidia, el agravio imaginado o real, es tan fácil odiar.
Lo peor es que una vez popularizado, se extiende como la mala hierba y golpea a inocentes en las discotecas, las mezquitas, los mercados....que decir de ese piloto alemán que con la “depre” se llevó por delante tantas vidas, en lugar de ir a un viaducto, que en Alemania digo yo habrá muchos.
Mientras, los verdaderos infelices, desvariados de todo sexo y religión, se eliminan en silencio y sin dañar al prójimo, yo he conocido a varios en estos años, a veces los recuerdo y pienso en ellos, preguntándome por sus razones para tan irreversible decisión.
Una conversación, un gesto, un poco de ayuda quizá lo hubiera evitado, eran amigos o conocidos y no se pudo sospechar de esa tremenda determinación.

Estos otros suicidas de estos días, torvos y llenos de furor, si pudieran volarían el mundo, mejor aun la galaxia, ojalá alguien se apiade de ellos, desgraciados.

marzo 18, 2016

El portero.

El de casa se llamaba Anastasio, que es nombre proveniente del termino griego, "anástasis" viene a decir resurrección, aunque este del que me ocupo era más bien mortecino, taciturno le cuadra mejor.
De avanzada edad y aspecto sanguíneo, congestionado y algo obeso, de gran talla como se espera del mantenedor del orden en las escaleras y el ascensor.
Abre la doble puerta de madera pintada en verde, con puntualidad militar, a las ocho, llueva o nieve.
El día queda así inaugurado, con el contento del sereno asturiano, que ya muy borracho se encamina a su morada manojo de llaves colgado al cinto.
Anastasio con vestimenta de faena, fregotea el portal y le da un riego a las plantas del patio, de macetas con grandes hojas verdes como de la jungla.
Para las diez viste librea, verde también, como las hojas del patio, dos filas de botones dorados que le caen por bajo de las rodillas, lo que con su corpulencia le hacen aparecer como una autoridad, en la portería de la casa de pisos de ladrillo rojo.......

Cuando el anciano dueño del inmueble, el Dr. Ager, sale a sus quehaceres, saluda de forma servil y empalagosa, también a su señora, impedida e igualmente ya anciana.
El resto del día se recluye en su tabuco con la ventana de cristal, desde la que vigila la llegada de intrusos o de algún descuidero.
El portero vive en la portería, así que aunque la paga es escasa, no tiene hipoteca, el mal de nuestros días.
Durante años a través de sus gafas grandes, nos ve a los niños de la casa como un mal inevitable, propio de la biología pensará el.
Atiende a los repartidores y los envía con severidad, por la escalera de servicio, escalera ya inexistente incluso en ese barrio de Madrid con nombre de marques.
Con la democracia, el benéfico gobierno los convirtió en "empleados de fincas urbanas", aunque por economía de lenguaje la gente seguía preguntando por el portero, oficio que solo se conserva ya en el fútbol.
No obstante, algún menguado denominaría a Casillas como guardameta, todavía, caso de ser más menguado, diría guardameto, que la estulticia humana no tiene límite.
El caso es que Anastasio pasó muchos años guardando celosamente aquel gran portal de Serrano 46, ahora un “Hotel Boutique”, parece mentira las vueltas que da el mundo.
La casa de vecinos decente convertida en sucursal de cadena hotelera, con clientes extraños que salen y entran a diario, apenas unas horas de sueño para arrastrar de nuevo la maleta de ruedas, el señor Anastasio nunca hubiera aprobado la decisión de los deudos del Dr. Ager.
Nuestro portero pasó a mejor vida, no recuerdo en qué circunstancia, aunque para su fortuna pienso, antes de la aparición del portero automático, prodigio de la electrónica.
Supongo que algún departamento administrativo bautizó el invento como "empleado de finca urbana automático", esto ultimo no lo puedo asegurar.
Anastasio hubiera palidecido al ver su librea de doble botonadura dorada, sustituida pe un artilugio despreciable empotrado en el muro, aunque también con doble botonadura de plástico blanco.
Luego con los años han venido el cajero automático y el piloto automático, que infamia, que cualquier día se lanzará el arquitecto automático y quedaremos los del oficio consternados, como casi le ocurrió a Anastasio.

Compases, escuadras y cartabones arrinconadas y los lápices sin punta sobre los tableros ya inservibles.

marzo 11, 2016

El dentista.

Todos los meses de junio, alguna tarde, el mismo paseo, mas bien paseíllo diría yo, camino de la lidia......el dentista.
Los niños antiguos éramos muchos, no viajábamos en sillita acolchada ni teníamos sicólogos ni tutores, éramos solo niños, muchos!!!, dos de mis tías tenían doce....cada una.
Así que fuera de algún doloroso flemón invernal, que se cura entre llantos y buches de agua con vinagre, nuestra higiene bucal era escueta, de mes de junio, antes de las vacaciones, la visita al Doctor Serra en la Calle Montesquinza.
Después de cruzar la Castellana, Marques de Riscal arriba las piernas flaquean, recordando el torno o la inyección de la anestesia, que decir de las tenazas que tiran del diente o la muela destinadas al sacrificio.
La consulta del Doctor Serra esta en el bajo, da a la calle y tiene unos cristales traslúcidos que no dejan ver las magras acacias que estrenan hojas verde lechuga.

La consulta es en su casa, con lo que abre una tata o su señora, supongo que el dentista duerme la siesta.
La sala de espera es anodina y hay revistas sobadas por los pacientes, el Semana, el Telva o el Hola, algún TBO para los niños.
El Dr. Serra pasa raudo con su bata blanca, saludando de forma escueta, cerrando la puerta de la consulta, también con cristales traslúcidos.
El primero de la cola entra y miro expectante las borrosas imágenes que se adivinan.....el ruido agudo del torno, los quejidos, los diálogos como susurros.
Va pasando la cola, eterna, sin esperanza.
Por fin entro con alguna hermanaabre la boca niño ……HAAAA!!!
Que muelas tiene este niño, va a ser muy alto, como su padre, gran falacia del doctor que siempre recuerdo al presenciar mi estatura de español antiguo.
Con un ganchillo escarba en una de las muelas, una carie!!! maldición, ha encendido el torno.
La inyección de anestesia es demoledora, venga hombretón no llores!!!.
Taladra sin compasión hasta que me ordena enjuagarme, en un vasito de cristal mediado de agua, un buche que escupo sobre una palangana blanca sobre la que veo el rojo de mi sangre.
Esta temporada no hay extracción que felicidad, evito al doctor tirando a dos manos de la muela de leche rebelde, aferrada a la mandíbula firmemente.
Al ser carie, mete en la perforación un algodón con un liquido picante, hay que volver la semana que viene.
Camino de casa, hay que tomar un batido frío, por si la hemorragia, de vainilla mama!!!!.. aunque medio batido resbala por la barbilla desde los labios adormecidos que no sienten el vaso ni el frío ni el sabor de la vainilla.
Justo antes de marchar a las largas vacaciones, el empaste, esta vez sin dolor y sin inyección.
Rara vez de oro, las mas de plata, supongo yo por el precio...el caso es que con el gancho presiona el metal hasta rellenar el hueco, que inmediatamente palpo con la lengua comprobando la nueva morfología de la muela.

El Dr. Serra se despide con una palmada en la mejilla, Serra es un buen hombre con un mal oficio, así que esta vez, sin batido de vainilla, bajo Marques de Riscal camino de la Castellana, tras la que se adivinan las vacaciones de verano y un año entero sin ir al dentista. 

marzo 09, 2016

Alejandro el Magno.

El amo esta inquieto con la guerra contra Cartago, su fortuna creo yo es inmensa, pero el vive solo para acrecentarla, lo noto en sus gestos y en su actitud de exasperación.
Desde que la guerra ha empezado en Sicilia, no ha hecho mas que empeorar y extenderse, que los romanos son dominantes y no quieren compartir con nosotros lo que ellos llaman en su arrogancia el “mare nostrum”, el Dios Melkart los confunda.
En su ambición, el amo esta en tratos con un comerciante de Rodas, para poder navegar hasta Iberia con su bandera helena, que Roma no afrenta al pueblo de los ródios.
De forma brusca, un día del final del invierno, nos ordenó ir a Tiro a carenar nuestro barco, que allí se varan en seco los navíos en una novedosa arte que llaman dársena, que al bajar la marea deja el casco en seco, donde con unos palos lo mantienen derecho y descubierto de agua.
El viejo también ha escrito para encargar un mástil nuevo, mas grande con una innovadora jarcia que ya usan los griegos en el Egeo.
Sin remeros, solo el patrón y cuatro tripulantes, hemos llegado en tres jornadas con los vientos cálidos del sur que nos han obligado a poner proa hacia el este, para gobernar luego derechos a Tiro y su gran puerto.
Las horas aquí son monótonas, mientras hay luz, en el limo de la bajamar, bajo el casco redondo del “Gades”, rascando las incrustaciones e impregnado de aceite la tablazón ya seca, hendiendo las juntas con esparto e impregnando todo con un producto que viene del desierto, hiede y lo pringa todo, le llaman brea y repele el agua de forma mágica.
Una noche, el patrón nos dio un festín en una casa cercana al puerto, el factor de la dársena es el anfitrión y su familia numerosa nos acompaña.
Un guiso de chivo con verduras, abundante vino del Peloponeso y unas cerezas gordas que cultivan afuera de los muros.
Sentados junto al fuego, el factor nos habla de Alejandro el Conquistador, yo conozco Alejandría y se que el la fundó, aunque pensaba que era una leyenda como Aquiles o Hércules, que todo el mar esta lleno de ellas.
El padre del factor estuvo en las campañas de mercenario con Alejandro, cuando vengaron con la muerte de Darío y la sumisión de todos los persas, la antigua afrenta de los atenienses.
El anciano, en palabras y memoria de su padre, nos cautiva con su relato de las batallas de miles de soldados, en carros y a caballo, las legiones macedónicas con sus largas lanzas, el movimiento de las huestes en Gaugamela, donde derrotaron y provocaron la muerte del mas poderoso rey de la tierra.
También contaba de la obsesión de Alejandro de continuar hacia el este, hasta el fin del mundo, encontrando un reino de altas montañas, mas altas que el monte Líbano, de perpetuas nieves.
Venció también a estos reyes de reinos lejanos que montaban elefantes, hasta que los macedonios, cansados de la guerra le dijeron que se volvían a sus casas con sus mujeres.

El viejo relató mas tarde el sitio de Tiro su ciudad, la madre de Cartago.
Alejandro unió la isla con la tierra construyendo un istmo y con unos grandes castillos sobre ruedas de madera, asoló las murallas hasta derribarlas y diezmar a la población, siete meses de asedio que le aseguraron el mejor puerto del Mediterráneo, bloqueando a la marina persa para sus futuras campañas en Egipto. 
Vivimos el presente y olvidamos los hombres que nos precedieron, a los que confundimos con los dioses, sin conocer las primaveras que pasaron desde sus gestas.
Esta noche, recordando las palabras del anciano, me he embozado en la manta, entre las cuadernas de popa, mientras imaginaba a Alejandro tan joven y altivo sometiendo Asia, los elefantes del Punjab y las princesas que bailan semidesnudas en Babilonia, para deleite de los fieros macedonios.
Me adormezco, sintiendo que una semilla nueva ha germinando en mi interior, quisiera conocer todas las historias, todos los dioses de todos los pueblos, todos los navíos de todos los mares que navegaron antes de este, nuestro tan esbelto y ahora flamante “Gades”.