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julio 14, 2016

Memorias de chocolate.

Me he sorprendido en esta tarde calurosa, comiendo pan con chocolate, a modo de merienda, lo que me transporta a los veranos de la infancia, bajando las escaleras mientras me zampo la merienda de onzas de chocolate incrustadas en la miga blanca del pan de caserío, con olor a burro del transporte hasta el mercado mañanero de la plaza del ayuntamiento.

Lo hacía para no cargar con impedimenta, en busca de la pandilla de primos y amigos, tardes de aventuras y libertad.
Me ha dado por recordar los chocolates de mi vida, que no siendo yo glotón ni obeso, han sido muchos y de variada calaña.
El chocolate, lo se ahora, vino de América, como casi todo, incluso Obama en estos días, quizá por el color del presidente lo asocio al chocolate.
El del colegio era malo y amargo, que los curas nos educaban en el ascetismo y los placeres eran abominados, incluso este tan nimio del chocolate.
El de casa era creo “Elgorriaga”,  muy popular entonces, en tabletas divididas en cuadrados para partirlo a voluntad, era como la botas de “El Gorila”, lo de los niños normales.
Pronto supongo, conocí el helado de tan delicioso manjar, el helado al corte de vainilla y chocolate, entre barquillos tostados que se reblandecen al chuparlos.
EL polo de chocolate era una marranada, poco mas que hielo con un tinte marrón, me duele la tripa solo de recordarlo.
Luego vino el chocolate en taza, primero el cocinado en la olla en el fuego de palos y piñas de cualquier campa, el tedioso rayar la tableta, "Suchard a la taza" en el papel azulado, para desliarlo en la leche hirviendo con la espumadera, tres hervores, un poco de harina para que espese y a repartir en los cuencos.....con aquel mojar de pan con mantequilla, de nuevo el pan de algún caserío cercano.
El chocolate en la plaza de Irún, era espeso, casi solido, se pega a los churros azucarados y la combinación es mas que buena, aunque luego el resto viscoso queda en la taza, que supongo el hígado lo rechaza de solo verlo.
Mi madre nos llevaba alguna vez a “Dodin”, pasada la frontera.
Ella al pronunciarlo lo convertía en "dodaann", que era este chocolate cosa fina, fluida y dulce, para mojar en vez del modesto churro hispano, el brioch o el croissant.
A mi madre le gustaba la Francia elegante de Biarritz o Bayona, hasta el extremo de creer que era mejor hinchar allí las ruedas del coche, por la calidad del aire del país de la moda, según recuerdo en chanza de mi padre.
Ya de joven probé el amargo cáliz de las tazas canallas de los amaneceres en San Ginés, después de noches de álgebra y trigonometría, de nuevo con churros o peor todavía, con grasientas porras.
Entre esmóquines de puesta de largo y barrenderos municipales de carajillo, allá quedaba de nuevo la taza sin apurar, para la mencionada supervivencia del hígado.
Las chocolatinas de papel rojo de Nestlé fueron como el despertar de la pesadilla de la España pobretona, con su delicado papel de plata, cuantas de ellas he comido.....por pura gula.
Los bombones siempre ocasionales, de algún cumpleaños o regalo de aniversario, cualquier aniversario.
Los de licor para los niños son el primer trago de los muchos que vendrán, aunque no era justificación para acabar alcoholizados como algunos que yo me se.
Con la industrialización vinieron los helados Häagen-Dazs, los Camy y los Frigo, siempre de chocolate, que parece es mi debilidad.
Ahora hay de todo en el ramo del chocolate, aunque no soporto esas barritas  a las que llaman Kit Kat, u otras del mismo jaez, que soy de tableta a ser posible de chocolate negro.
Que historia.......con tal profusión de variedades, olvidaba el turrón de chocolate, solo para Navidad.

Así que en una tarde de este mes de julio, analizaba mi relación con este derivado del cacao, ahora ya a la noche, me viene el recuerdo de la onza derretida por el calor que pringa los dedos, también de que los belgas sin que yo lo sospechara, son famosos por sus chocolates, que le dicen “belgiam chocolat”......tantas cosas que no conocía cuando lo de mis dos onzas incrustadas en la barra de pan bajando las escaleras en busca de mi pandilla, para la aventura de cualquier tarde de verano. 

julio 04, 2016

Sobre el nadar.

He visto yo en mis escasos años, perecer a muchos entre las olas, por no saber sujetarse en las aguas y agitarse y acabar hundidos, con lo que sus vísceras se llenan de liquido y mueren entre toses y arcadas.
Desde muy niño aprendí yo a avanzar en las olas, que con el calor, en Sidón, los rapaces jugábamos en la arena y nadábamos mejor que los delfines, para refrescarnos y jugar con las olas.


He observado que un hombre quieto, flota en el mar, apenas moviendo las piernas y los brazos, consigue dirigirse y avanzar a sitio seguro.
Pensaba yo esto esta mañana mientras me sumergía en las aguas azuladas de Ebusus, la mayor de la islas Pityusas.
El patrón había tomado el esquife auxiliar que siempre llevamos en cubierta, para navegar a una costa a pocas leguas de distancia, donde le aseguraban los nativos un buen intercambio de varios grandes atunes ya salados, en mojama que dicen aquí.
Con el sol alto en el cielo y sin nada que hacer, excepto guardar la nave, he tratado de enseñar a nadar al piloto, mas que nada por su seguridad si algún día naufragamos.
Primero yo me sumergí en esa maravilla azulada y fresca, al abrir los ojos veo la arena blanca del fondo y algunos peces que me miran con indiferencia.
Bajo las aguas veo todo algo borroso, que supongo que por eso los peces tiene esos ojos tan grandes y con un cristal duro que los cubre, quizá ellos vean borroso nuestro mundo como contrapartida.  
Le enseñe a mi discípulo lo fácil que es mantenerse y avanzar, luego el se avino a imitarme, sujeto a un tablón de cedro de los que llevamos para comerciar.
Al principio estaba agarrotado, tenso, temeroso.....poco a poco, primero una mano, luego la otra aunque inmediatamente se vuelve a asir a la madera.
Después de un largo rato, he conseguido que se suelte y como los perros, avanzaba torpemente tragando agua y los remeros se reían al ver a hombre tan serio haciendo aspavientos y gritando.
Los remeros tampoco saben nadar, viven años rodeados de unas aguas que amenazan engullirlos, es paradójico pero es cierto, que casi todos los hombres de mar solo lo ven desde la borda y muchos de ellos, acaban enterrados en el, como mi padre.
A veces voy donde esta mi madre, y pienso en ella en el lugar donde yace, le suplico a Melkart que la proteja y la guarde hasta que algún día me reúna con ella.
Por el contrario, mi padre yace en este mar en el que me sumerjo, aquí o allá, que las aguas son todas las mismas y mi padre estará en todas ellas, aunque yo no lo veo.
Mientras pienso en esto, me seco al sol y los ojos me escuecen, que es por la sal que esta disuelta por el mar, así que en Gadir embalsan el agua en unos esteros y al final del verano, queda la sal blanquísima en montones, que el agua se va con el calor y se hace nubes.
Nosotros a menudo transportamos sal en la bodega, que parece que sin ella el hombre se enferma, por lo que el precio donde no a hay es muy alto.
Me pregunto por que no paro de cavilar sobre las cosas, no se si el piloto o el patrón o los remeros, le dan tantas vueltas a la cabeza.
Me dijo un día el amo que era yo muy observador, que lo miro y lo comparo todo, no se que ventaja tenga esto salvo las dudas que me asaltan constantemente.

Mientras sigo meditando mi piel arde de nuevo bajo le sol, la gente esta a la sombra bajo la cubierta, aunque yo prefiero de nuevo mi soledad bajo el agua fresca y azulada, donde esta mi padre desde hace ya muchos años.