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agosto 26, 2016

Alejandría

Acabamos el tornaviaje a Sidón sin mas cosas notables que recordar, a excepción de mi asombro ante la gran ciudad de Alejandría.
Nunca vi yo en el mar una aglomeración de construcciones, gentes y mercancías y barcos semejante que recordado a Gadir o a Siracusa, mas parecen pueblos que ciudades.
A mas de una jornada, se divisa su gran torre donde al oscurecer encienden un gran fuego, de manera que los navegantes sin necesidad de estrellas, enfilan el rumbo exacto a la boca del puerto.

La gente vive aglomerada en casas dispuestas unas sobre las otras, como las abejas en colmena, gentes de todos los lugares que se agrupan en barrios, de los griegos, de los egipcios, los del Ponto Euxino y los de Liguria, Roma, Libia e Iberia, que mas parece lo que cuentan los hebreos  de la Torre de Babel, aunque aquí nadie se confunde con las lenguas, que la única lengua es el trato y las monedas de oro y plata acuñadas en todo el orbe.
He mencionado solo a los blancos, que de negros hay una enormidad, de las tierras altas del Nilo y de una nación a la que llaman Etiopía, otros entre negro y claro de la Arabia feliz y por las caravanas que llegan aquí por los desiertos, una confusión de camellos y dromedarios que rebuznan a todas horas y ensucian las calles que tienen un olor pestilente.
En los zocos, que hay hasta siete, hay mercancías de todo el mundo, cosas que nunca yo había visto y metales desconocidos, animales extraños junto a especies para quemar y cocinar, tejidos suavísimos a los que llaman seda, multitud de cerámica y herramientas de madera, también hay casas de préstamo de hombres como el viejo nuestro, que compran y prestan moneda después de firmar unas tablillas de las que hacen dos iguales para el que pide crédito y para el que presta.
Los días encalmados de la vuelta a casa, he soñado con esa confusión de hombres y cosas, una de las mas extrañas para mi, un gran templo donde guardan libros de papiro por numero inmenso.
La llaman biblioteca y en una gran sala, los copistas y los traductores, escriben con una tinta negra venida de oriente, lo que me dijo el patrón, era la sabiduría escrita de todos los seres pasados y presentes.
Acompañe al patrón a satisfacer un deseo del viejo, que no era otro sino el hacerse con un tratado de un griego al que llaman Heródoto, que dice el viejo que ha escrito la historia del mundo, lo que ha pasado en todas las tierras y los mares, de guerras y traiciones, de crímenes y amores, de invenciones y de sucesos misteriosos que solo la adivina de Delfos supo anticipar.
Ahora, después de la ciudad tan bulliciosa, el mar me parece mas solitario que antes, aunque miramos el horizonte por si nos viniera un encuentro inesperado.
Costeamos Judea ya cerca del fin del viaje de casi dos años, navegamos cerca de la costa con viento de poniente que nos impulsa deprisa, los remeros tuvieron la fiesta de la arribada y se bebieron anoche el licor de cebada que quedaba en la reserva, así que duermen ahora después de la intoxicación, que algunos parecen desvanecidos mas que ensoñados.
Veo con curiosidad las cabañas de Gaza, los pescadores en la orilla con sus redes, saludan agitando los brazos, al atardecer mas alejados de las playas, cruzamos Galilea y al fin el capataz despierta a patadas a los remeros, que el viento cayó y se les ordena remar a gritos, para entrar en puerto antes del amanecer, bajo una lluvia fina y constante, la primera en mucho tiempo, signo de que el verano ya queda atrás.
Tiempo ahora para la rutina y los aburridos días en el almacén del viejo, con las noches entorno al hogar y las historias de las aventuras que cada uno recuerda y que muchos inventan y fantasean.

Al amanecer, la gaula ya amarrada, Sidón se me parece una aldea, detrás de las murallas del puerto casi completo de las naves que ya volvieron....quien pudiera vivir en Alejandría y descubrir todos sus barrios y sus gentes sus olores y sus sonidos, quien pudiera descifrar el mundo en su majestuosa biblioteca, donde esta escrito todo lo que se conoce.

agosto 14, 2016

El mar, como la selva.

Pasamos tiempos muy largos, monótonos, sin ver una vela en el horizonte, más aún cuando navegamos de altura, que solo creo yo, los focenses saben cómo nosotros guiarse sin ver la costa, aunque rara vez salen del Egeo que es su mar y lo conocen bien.
Diferente es cuando andamos por Sicilia o hacia las Pitiusas, también por Turdetania y por las costas de los libios por otras razones que luego relataré.
Se ve una vela o peor, una escuadra al atardecer y se pone otro rumbo durante la noche para evitarla.
Nos ocurrió una vez cerca de Malta en que fueron cinco los  navíos que avistamos, al amanecer estaban más cerca y apreciamos que gobernaban para buscarnos.
Los romanos son muy querenciosos y aunque saben que puede haber represalias de Cartago, son capaces de robar la mercancía y apresar a la tripulación para venderla en cualquier puerto de su conveniencia.
Estas naves del mar de Malta eran birremes de la flota de guerra que merodea desde los puertos de Sicilia, quizá era coincidencia el rumbo que les aproximaba, pero en el mar es mejor no preguntar sino al contrario escapar si la fuerza sospechosa es mayor como en este caso.
Al segundo amanecer, distinguíamos los típicos aparejos latinos y enfilamos hacia la costa de los libios, donde suelen andar navíos púnicos de guerra, por si nos pudieran amparar.
Nos dimos al remo y pusimos toda la vela que pudimos, a riesgo de romper el palo o alguna escota, que nunca las llevamos muy buenas y sufren mucho con el agua salada.
Esta vez escapamos por nuestra velocidad, que la estructura de nuestras gaulas de cedro es muy superior a los toscos navíos latinos, que además van llenos de soldados y se hunden mucho de proa con el viento de través.
Los mayores miedos los he pasado yo con los pequeños esquifes que nos asaltan desde la costa, que este mar de por Iberia o el de Libia, está lleno de forajidos que acechan el horizonte para saciar su ansia de rapiña.

Viven en cabañas junto a la playa y pescan peces y marisco, pero su ganancia es mas de robar mercancías valiosas, que los peces apenas les dan para alimentar a sus sucias crías.
Son salvajes y se comunican por alaridos, les produce un especial placer degollar a los pobres marinos que como nosotros apenas ganan un salario por bregar con temporales y encalmadas
Salen raudos en sus barcas ligeras, con apenas quince hombres en cada una, ponen la vela y reman desesperados hacia nuestro rumbo por la proa, conocen que nos toma tiempo virar y perdemos inercia.
A veces son hasta diez las barcas atacantes lo que hace una cantidad enorme de hombres dispuestos a acabar con nosotros.
Remamos con todas las manos de abordo y tensamos la vela, nuestra arma es la velocidad y el espolón de bronce a proa, que parte a dos o tres de las barquillas mientras los renegridos piratas bracean y gritan en el agua.
Los otros, junto a nuestra borda más alta, nos tiran garfios para retenernos, pronto alguno intenta abordarnos, es la hora de las espadas las lanzas y los palos.


Hasta ahora nuestra gaula, fuerte y rápida, ha escapado dejándonos algún herido y más de un muerto.
Cuando hacen la captura, matan a todos los tripulantes en el acto y se van a tierra con la presa, donde la saquean y desguazan el casco para utilizar la madera, que no quieren rastro del robo para evitar represalias de nuestra flota de guerra.
Ya sé yo que en tierra, la única ley es la fuerza, junto al engaño y la trampa.
En el mar pesa la soledad y cuando se divisa a un ser humano es temeroso, que esto es peor que las selvas donde las fieras son menos sanguinarias que los hombres de las playas de este mar en apariencia tan azul y tan bello.
Sigo pensando en abandonar esta vida si aparece la ocasión, pero donde ir sin fortuna y sin nadie que me amparara de la ira del viejo, quien me considera de su propiedad.
Por mi condición de siervo en la casa de comercio, nadie me tomaría a su servicio, las leyes de todos nuestros puertos son así.
Ahora el mar está plano y a lo lejos se divisan muchas velas, pero no hay alarma pues estamos cerca de Alejandría y aquí la flota egipcia mantiene el orden para que el comercio prospere sin robos de forajidos, que solo los comerciantes pueden robar aquí con sus mañas y  sus trampas, que el comercio creo yo, es un gran avance de la humanidad inventado por nuestros antepasados de Canaan.

agosto 02, 2016

Las estrellas fugaces.

Hemos navegado dos días seguidos, cerca de la costa de los libios, hacia el este.
Vamos camino de casa donde esperamos llegar antes de los primeros temporales del otoño, aunque el patrón quiere recalar antes en un par de ciudades de los egipcios, una de ellas es Alejandría, que lleva el nombre del odiado aventurero griego, quien destruyó la vecina Tiro.
El viento que viene de tierra es fuerte y abrasador, constante, por lo que avanzamos rápido dando descanso a los remeros.
Ahora a la noche todos duermen, más que por cansancio por el extra de vino que les dio el contramaestre, sé que les pone láudano para que no peleen y le obliguen a sacar la vara.
Solo velan el piloto y el timonel que maniobra con suavidad el gran remo de madera a popa.
Estoy tumbado en la borda de barlovento sobre unas velas viejas de repuesto, me gusta estar inmóvil
 tras ese aire que abrasa la piel y ese sol que ciega con su reflejo en el mar.
Antes de anochecer me han permitido emplear agua de la sentina, apenas un cuenco, para lavarme un poco de la sal que se me incrusta en la piel, que más parece de escamas como la de los peces.
El patrón es muy avaro con el agua dulce, aunque estando tan cerca de tierra, sabe de las ensenadas donde llenar las ánforas de agua cristalina, que pronto se volverá turbia y salobre en la bodega.
La noche es negra, que apenas hay luna y no saldrá hasta más tarde, no pienso en nada mientras miro las estrellas que bien conozco, que este invierno el amo me preguntará por ellas para ver mi progreso como navegante.
Algún día le diré al amo que no quiero pasar mi vida navegando, aunque quizá me expulse de su casa y me vea como esos otros niños que vagabundean por el puerto en busca de una limosna.


En un instante una de las estrellas cruza fugaz del norte al suroeste, dejando una larga estela blanca que en instantes se desvanece.
Pido un deseo, no navegar nunca más, que la sirvientas de la casa me lo enseñaron desde que era niño, hay los deseos que he pedido sin respuesta!!.
A poco, otra estrella sigue a la primera, la misma dirección pero de estela larguísima que casi llega hasta el horizonte.
Oigo el rumor de unas frases entre el piloto y el remero.
Poco a poco se convierte en un espectáculo temeroso, pues parece que el cielo se cae sobre nuestro mástil, son casi continuas las estrellas que raudas, caen sobre el mar, a veces varias juntas, todas en una dirección similar.
Algunos marineros y soldados se desperezan y contemplan con miedo el fenómeno.
Unos murmuran que no podremos ya tomar rumbos ciertos al desaparecer los astros que nos guían, otros creen que solo es que cansadas de estar quietas, se mueven para cambiar de cielo, como algunos hombres que abandonan la ciudad y se van a Chipre o al Peloponeso.
Otros auguran que es el fin del mundo y que el universo entero va a caer sobre el mar provocando unas olas que nos harán naufragar.
Por fin la cadencia se aminora, nada pasa, solo el sonido de las pequeñas olas que hace el tajamar al avanzar hacia el oriente.
Me aproximo a la popa y ya dormidos todos de nuevo, le pregunto al piloto que sabe de los astros.
El me confirma lo que tengo oído, son solo fragmentos de estrellas, que con la velocidad se queman al llegar a la tierra, él ha visto la piedra renegrida que a veces impacta quedando inerme sobre los campos.
-Pero entonces las estrellas se deshacen?
-No, son estrellas viejisimas que chocaron en la antigüedad convirtiéndose en pequeñas piedras.
-Tú que las conoces todas, has echado alguna en falta en estos años?
-No seas ignorante, las estrellas, como el sol y la luna y los planetas, son casi eternos, dan vueltas sobre nosotros y rara vez chocan, que todo esta arreglado por Astanit y Melcart para que nuestra vida sea segura sobre los mares, las islas y las tierras.
En este tiempo mediado el verano, siempre ocurre la lluvia de estrellas, que se sabe de muy antiguo y los astrónomos de Sidón lo tienen anotado en sus tablas.
Me vuelvo a la borda, a mi cobijo, que no me gusta dormir en la bodega por el olor y los ronquidos de los hombres, así que sigo viendo algunos meteoros, ahora ya muy pocos y espaciados.
El sueño me vence mientras pienso en el nombre que les dan las criadas allá en la ciudad, "estrellas fugaces".
Hay un filósofo de Siracusa que escribió sobre la fugacidad de la vida, aunque a mi parecer la vida es larga, que lo que sí es breve, es el fulgor de estos veloces luceros que no sé de dónde vienen ni adónde acaban.
Lo que dice el piloto de las piedras es una pedantería, que estoy yo harto de ver piedras inmóviles hasta que los chiquillos las lanzan al mar en sus juegos.
El viento, por fin ahora es fresco, sigo mirando al cielo esperando otra, esperando otra más, otra más........una ultima aunque sea pequeña.