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febrero 03, 2017

En las puertas del Sinaí.

Es curioso cómo nos habituamos a las diferentes vidas, parece que hubiéramos pasado años con los beduinos, en nuestra marcha hacia el sur por tierras de Judea.
La misma rutina del cabalgar y caminar, la parada al crepúsculo, los fuegos, las breves tertulias y el dormir bajo la tienda de algodón teñido de ocre.


Hace dos días giramos hacia el oeste, buscando la costa, nos acercamos al desierto y ya pisamos sobre una tierra pedregosa con algunas dunas aisladas.
La vegetación es más pobre a medida que avanzamos y según uno de los comerciantes que habla nuestra lengua, ya no hay peligro de que nos asalten las tribus de la costa, pues aquí no vive nadie, excepto algunos pastores que se cruzan con la gran fila que forma nuestra comitiva.
Viendo las cabras y los camellos, únicos seres que hay a la vista, parece difícil imaginar de que se alimentan, tan estéril es esta tierra.
Parece imposible que los hebreos deambularan por aquí cuarenta años arrastrados por Moisés al escapar de Egipto, pero eso dicen las escrituras.
Antes de la caída del sol divisamos a lo lejos el mar, enmarcado por unas grandes dunas de arena finísima que se ventea con la fresca brisa del norte.
Al anochecer nos comunica uno de los soldados, que el jefe de la caravana nos invita a su tienda a compartir sus alimentos.
Recorremos andando todos los corros entorno a las hogueras, algunos de ellos son de más de cien hombres, se agrupan por naciones o por el idioma que mejor dominan, también los soldados hacen campamento separado, que he observado que nos desprecian a todos los civiles.
Él jefe de este gran convoy terrestre es egipcio, en su lujosa tienda nos explica que solo circunstancialmente está al servicio del comerciante hindú.
Suyas son las mulas y los caballos, los camellos y los esclavos, los porteadores son gente de su tribu, parientes y vasallos casi todos.
Nos habla de su tierra Nilo arriba, más allá de Tebas, donde la primera catarata.
Su padre traficaba en las naves, a lo largo del río hasta el delta, nunca a mar abierto que son embarcaciones sin calado y no aptas para el oleaje.
De muy joven, junto a un hermano de su padre, cruzó por el Mar Rojo hasta La "Arabia feliz".
El comercio del café y el incienso enriqueció a la familia, que se aventuró por el mar de los eritreos hasta la India, donde las sedas y los perfumes, en un círculo que se completó con las tierras de los etíopes, de fuertes esclavos oscuros de piel, fieras salvajes y marfil, tan valioso como el oro.
He pasado mi vida a lomos de un camello en los intercambios, por desiertos y fértiles Valles, estoy ya encaneciendo y apenas conozco a mis múltiples hijos dispersos por el mundo que he transitado.
Como vosotros, soy de la sangre de Abrahám, pero no de su hijo Isaac, sino del habido con su esclava, el llamado Ismael.
Somos la mejor estirpe de estas tierras, la más hábil en los tratos y la más honrada en el pago, os he observado desde que salimos para encaminarnos a este desierto, sabéis de muchas lenguas, de números y de letras.
Os propongo que me acompañéis durante los próximos tres años en mi última vuelta por el periplo que os he descrito y que conozco tan bien, después cuando aprendáis el oficio, me iré a mi casa y seréis los jefes de mi negocio.
Os haréis ricos en pocos años y todos mis siervos lo serán vuestros.
El patrón con los ojos desorbitados, no perdía palabra del discurso, que como todos es ávido de riquezas y ya ha comprobado que el mar no da mucho.
La cena es espléndida que estos beduinos son refinados cuando hay para gastar, el patrón no para de beber cerveza mientras yo me concentro en un vino áspero que creo yo, acompaña mejor al cordero.
Me adormezco pensando que el futuro es prometedor y previsible, aunque ya he aprendido que el alcohol reconforta y produce optimismo y luego nostalgia, más tarde sueño.
El camino de vuelta a nuestra tienda me muestra las estrellas de nuevo, las que he visto desde mi niñez, me siento ahora desamparado y pienso en mi madre y en el viejo, mi desgraciado padre desconocido.
Mientras me arropo, se que nunca seré jefe de caravana alguna, quiero ir a la tierra de mi madre, donde la vida es más alegre y los hombres más nobles, el patrón si quiere hacerse rico, que siga su camino, yo continuaré el mío.

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