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enero 24, 2017

En marcha otra vez.

Desde el amanecer en que llegamos a la gran explanada, en que esta instalada la caravana al este de la ciudad, me parece estar en la tierra del caos, el desorden y el ruido.
Todos se mueven entre gritos y bramidos, bestias, criados, esclavos, soldados y fardos.
A media mañana un sonido agudo de cuerno silencia el alboroto y como un ejército disciplinado, la gran caravana se pone en movimiento.
El patrón subido en un camello que hemos contratado, se balancea torpemente, yo prefiero andar un poco para quitarme la friura que llevo dentro.
Es un día ventoso y cubierto de nubes grises que se mueven hacia el sur, como nosotros, aunque ellas son rápidas y etéreas.
Nuestra posición en esta larga fila de animales y hombres es muy retrasada, casi al final de la cola, por lo que en una gran vuelta que rodea un cerro, veo la inmensa longitud de la comitiva .
Los soldados anabateos con sus corazas de cuero negro, flanquean en sus monturas la mercancía, que los humanos pienso yo no valemos mucho para el indio renegrido que dirige esta expedición.
Pronto me canso y subo al jamelgo que se balancea de forma incomoda, unos beduinos que nos siguen se ríen de nuestra torpeza, me gustaría verlos pasando las olas de un temporal.
Con las horas nos hacemos al movimiento e incluso me adormezco sobre el arnés, hasta que caigo al suelo entre las risotadas de los cafres de atrás.
Me duele la cadera y me gustaría poder llorar quedándome tumbado en la tierra, tan desvalido me siento.
El patrón me ayuda compadecido y seguimos en nuestro extraño navío con jorobas, pasó tras paso, legua tras legua.
Al atardecer, de nuevo el sonido del cuerno y todo se detiene súbitamente.

En nuestra zona se organiza un círculo e inmediatamente se descargan las bestias, en corros, atados por las bridas, camellos y caballos reciben el alimento de pajas.
En El Centro, los rancheros ya han encendido un fuego y despliegan sus ánforas y odres, junto a una gran marmita de bronce.
Se han sacrificado varios corderos del gran rebaño que nos acompaña, así que la cena es sabrosa, nunca había probado unas tortas de avena que estos beduinos hacen en un gran plato de cerámica.
Ya oscuro, hay conversaciones entorno a los fuegos, recorro varios de ellos ante la mirada inquisitiva de los guardias que velarán por turnos hasta que se de la orden de marchar antes del alba.
El patrón me dice que estamos junto a las tierras de los filisteos, hombres feroces y ladrones de oficio, me recomienda que duerma pues mañana la jornada será muy prolongada.
Me arropo en la manta y miro las estrellas entre las nubes que no descansan en su camino al sur, son las mismas estrellas que he visto en tantas noches en el mar, pero ahora permanezco inmóvil y no hay rumor de la quilla que corte las olas.
Un gran silencio reina en la caravana, apenas roto por un relincho o un bramido del ganado.

Por un rato pienso en nuestro plan de viaje, Menfis, más tarde Alejandría, allá encontraremos un navío que nos lleve por las costas de Libia hacia Cartago, lejos de los odiados romanos, que quieren eliminarnos del los mares y de la tierra.

enero 09, 2017

La despedida.

Estamos ya hace semanas en época de navegar y aquí no arriba ningún navío, hace unos días vimos una embarcación egipcia de una fila de remeros y una enorne vela blanca, estuvo un día entero a la vista y al anochecer, se refugió en la bahía por el fuerte viento del norte que les impedía avanzar.

Bajaron tres de la tripulación en una barquilla auxiliar, solo querían agua y algo de fruta y verdura, se mercaron además quince gallinas y unos gansos.
Van camino de Chipre con un embajador de la corte,  para una reclamación del tributo anual, que no han pagado desde hace tiempo.
También Haifa es tributaria de los egipcios, a cambio de que estos les defiendan de filisteos y sirios, que esos criminales hasta aquí llegaron hace pocos años.
Por lo demás, vacío absoluto en el mar, que dicen que por la guerra de los romanos contra Cartago, todo el comercio está trastocado y se han interrumpido las travesías largas, por inciertas, que se puede perder la mercancía él navío y hasta la tripulación.
Para empeorar más la situación, he amanecido como con un puñal en el estomago, tal era el dolor.
He tomado leche de cabra caliente y al instante la he devuelto, por un momento he pensado que estaba envenenado por algo, que he visto casos así de personas retorciéndose de dolor que a veces han muerto.
El patrón se ríe de mí recordándome la cantidad de dulce que tomé anoche, que la mujer de Jaccobi hace unos guirlaches de almendra con dátiles como nunca había yo probado en mar alguno .
Como quiera que no mejoro y la fiebre me sube, han llamado al hermano de Jaccobi, el médico a cuya casa acudimos en pascua.
Me ha tratado con frialdad, pienso que por no haber apreciado a su hija, aunque no viera nunca su rostro, que estos hebreos son muy mañosos.
Digo yo que tampoco la mercancía se compra sin abrir el fardo y tocarla, el vino se prueba antes de llevarse la bota y así todo, que esta gente se debe chancear al ver a la esposa por primera vez después del matrimonio, cuando ya no hay otro  remedio que repudiar a la desposada.
Por fin después de dos días a dieta de harina de centeno en gachas e infusiones de manzanilla, me recupero, aunque estoy muy débil.
El patrón está inquieto pensando que llegue el otoño y sigamos sin poder continuar viaje, se le ha ocurrido hablar con el jefe de la caravana que está a punto de partir de vuelta hacia el país de los nabateos.
Jacobi nos recomienda al jefe, el hombre renegrido de la India con un brillante en la oreja, así que vamos a negociar las condiciones del pasaje.
La caravana sigue quieta, como un animal adormecido, aunque a diario vienen de todos los contornos a intercambiar mercancías.
Es como una ciudad de tela llena de actividad y ruido, el indio se queja de que todos quieren permutar y está harto, que él quiere oro y plata, al menos monedas de cobre, en lugar de terneros cabras o limones.
Nos conduce a su gran tienda alfombrada lujosamente y se tumba indolente mientras ordena a unas jóvenes de su raza, que nos procuren un sabroso té de menta.
Van a marchar por Judea nos cuenta, para internarse por el Sinaí, cerca de la costa hasta dar con el Nilo.
En ese punto, los soldados y las bestias ya sin carga, se encaminarán hacia la ciudad de Aqaba, en el mar de los eritreos, mientras que las mercancías restantes sin escolta, se dirigirán a la ciudad de Menfis, para continuar con el cambalache y agotar el genero.
El imperio de los faraones es uno de los pocos sitios por donde se puede transitar sin temor de ser robado o muerto, le ocurre como al mar seguro que rodea a Cartago, pienso que todos los reinos y todos los mares deberían ser así de esta manera, con ley y orden.
Pagaremos por un camello para los dos además de una comida al día, pero deberemos trabajar en la descarga diaria de los fardos y ayudar en lo que el capataz nos ordene.
La fecha de la partida coincide con el florecer de los árboles, que el calor del estío pronto, hará imposible cruzar el desierto.

  1. Han sido unos días incómodos en casa de nuestro anfitrión, casi de la familia por unos meses y ahora cerca de la despedida, todos pensamos que nunca nos volveremos a ver, o quizá si? Quién sabe.

El día señalado para irnos es sabath, así que mucho antes del alba, reza la familia por nuestro viaje venturoso hacia las tierras de los íberos.
Nos agasajan con un gran banquete y al clarear, salimos por las calles de la ciudad con nuestros fardos a la espalda, varias veces nos volvemos para mirar una vez más a Jaccobi rodeado de sus numerosos hijos y sirvientes, agitan sus manos como nosotros, pienso de nuevo en la nostalgia de que hablan los griegos, dicen ser la tristeza por el bien perdido, 

Lástima no haber disfrutado del tiempo con tan buena familia,  por la ansiedad de partir, así vivimos sin saborear el presente, tristes por lo pasado y anhelantes por el futuro.