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octubre 30, 2013

Los niños del coro.

Fue un 24 de febrero de 1.981, día destemplado como suelen ser los de Madrid en esta época, la noche anterior, Tejero había conmocionado la ciudad, aunque acabó todo a la mañana y “fuese y no hubo nada”.
Tenia unas entradas para el añejo Teatro Real, antes de ser convertido en esa cursi y carísima opera, en una Plaza de Oriente algo pueblerina entonces, el programa era excepcional, lo encontré en la hemeroteca hoy mismo.

Thomanerchor
Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig
Cantatas BWV.78 y 2, Bach
Director Hans Joach Rotzsch

Un corto paseo desde casa, en Noblejas esquina Factor, bajando Lepanto hasta la puerta del teatro.
Dentro, a las siete, un cafe y un pastel, la sala medio vacía, los madrileños están mosqueados, amedrentados.
Por fin a las siete y media se apagan las luces y se ilumina el escenario, los niños del coro salen asustados por los laterales, con los profesores ya en sus puestos.

Pensaran que va a haber tiros también aquí, un hombre con bigote y tricornio asaltará el escenario.....silencio coño¡¡¡
Pobres niños, inmersos en la disciplina del colegio de cantores de la Iglesia de santo Tomas, en una Leipzig entonces tras el telón de acero, madrugones a las siete con el patio nevado y horas de silencioso estudio.
Recordaba aquel día viendo un documental sobre la esmerada educación de esos niños, en una institución creada en 1.212 y de la que J.S. Bach fue director en los últimos años de su vida, teniendo que lidiar con los niños entre composición y concierto.
Parece que ya viejo, se le agotaba la paciencia con las chiquilladas, propias de la edad de los componentes del coro.
Al salir mas frío si cabe, las calles desiertas, de pueblo asustado y cobarde, que se enfrenta al televisor para que le cuenten mentiras, cosa que no han dejado de hacer desde entonces.
Los niños del Thomanerchor se marcharon hace ya tantos años, Alemania se reunifico y es un gran pueblo, nosotros nos dividimos y somos un pueblo tramposo, al límite y muy vulgar.
Educación esmerada y disciplina, vestidos con uniforme y sin niñas. que así es el coro desde su fundación, aquí habría derivado en coro mixto por la igualdad, sin uniforme que no es democrático, obesos e indisciplinados, sucios y mal educados, al cabo lo que ven en sus profesores, esos de las camisetas verdes que deambulan por las calles de Madrid.








octubre 15, 2013

Gota fria.


Debió ser ya en septiembre, una tarde cualquiera de día lluvioso, impermeables amarillos de hule con gorro, botas de agua negras, algún paraguas también negro, los niños esperamos en la calle Lersundi, junto a la carretera, como todas las tardes, hasta decidir que hacer a la tarde.
Con lluvia no hay excursión posible, ni chocolatada ni tortilla de patata, que el monte y las campas están empapadas.
Vamos por la carretera de Motrico? es un plan lánguido, como de paseo de anciano, pero tirar piedras desde el acantilado es bonito, a veces grandes rocas empujadas por los pies de una docena de niños, con gran estruendo y estrellamiento en el mar de la avalancha.....llueve demasiado y no acaba de abrir, vivíamos ignorantes de la perdición meteorológica.
Los del pueblo, decían que con noroeste no para la borrasca.
El cine nuevo, no empieza hasta las cinco, parece el plan mas probable, siempre ponen dos películas, en colores una de ellas .
Al rato el cielo se se vuelve cárdeno y algunos rayos terroríficos dan paso a un torrente que cae del cielo y que a las pocos instantes inunda la calle, también la carretera.
Agolpados en el quicio de un portal miramos divertidos aunque asustados el fenómeno, para los niños todo es un juego, mas tarde el agua sobrepasa el batiente de la puerta y se oyen gritos de las vecinas que bajan con cubos y bayetas, mientras con las botas ayudamos a achicar, inútil pelea, el agua llega hasta las escaleras y sigue subiendo.
Cuando escampa, el agua por las caderas, aunque da igual, así que exploramos aquella repentina Venecia, regalo inesperado para una tarde aburrida. 
Uno de los primos pisa en una alcantarilla, de la que alguien levantó la tapa para que tragara mas deprisa, un hombre rudo nos grita y blasfema, nosotros nos reímos del primo que metió la pata, la infancia es cruel e inconsciente.
Al poco tiempo el pueblo vuelve a su ser, la proximidad de la ría y la marea baja, evitó males mayores.
Todo esta irreconocible, pintado de barro, carretera, alameda, calles, a todo alcanzó la riada.
La luz como siempre se fue, se mojó el transformador y hay un silencio extraño, solo algunos hombres van de acá para allá.
Ya al atardecer la negra sotana del párroco, con un saco a la espalda, nos vocea para que le ayudemos a recoger huesos.

El pequeño cementerio del pueblo, está en una torrentera y el agua bajó por la barranca removiendo lapidas y arrasando tumbas, tanto que dobló por abajo la cancela de hierro y los muertos se esparcieron por la "Alameda de Calbetón", mas allá del pilón, casi hasta el quiosco de la música, en una resurrección anticipada.
Blancos y porosos, como la vértebra de ballena en casa de Tatín, una tibia aqui, o un húmero o un peroné mas allá  que las clases de ciencias naturales solo dan para reconocer algunos.
Andar por el resbaladizo suelo es cansado y al cabo del rato decrece el interés, además el saco esta lleno, a lo lejos, uno de los gemelos bilbaínos, Ricardo, aparece con su gabardina y su sonrisa, paraguas al hombro y en la punta una calavera macabra, que con un ruido seco arroja al saco del párroco.
Con el tiempo supe que una tatarabuela mía o algo así, estaba allí enterrada, no se quien era pero a veces pienso en ella, si sería la del paraguas.
No sabíamos lo que era la “gota fría”, apenas imaginábamos lo que eran los muertos, los días acababan con cansancio en el cuerpo e imágenes en la cabeza, sin preocupaciones, aunque con miedos, el sueño largo e interrumpido hasta el desayuno, de pan y mantequilla, preludio de otra aventura.

octubre 03, 2013

La isla.


Con pocos años, no mas de una decena, auxiliado de la confianza en los primos y amigos mayores, que constituían “La Pandilla”, era normal el desaparecer un día entero camino de “la isla”, pedazo de tierra inculto en medio de la ría, con solo unos altos “pinos insignes” y monte bajo.
Poco mas de un centenar de metros entre dos brazos del cauce, uno grande y manso, estrecho y tumultuoso el otro.
La incursión naval no era de mas de tres horas remando, dependiendo de que la marea que subiera o bajara.
Por el numero de niños la flota se componía de tres barcas, femenino de barco, sin que se me ocurra la diferencia, aunque los marineros en aquel norte guipuzcoano las llamaran “embarcación”

Tatín tenia su propia barca, el “TATIN”, pequeña y coqueta, de casco blanco y bancos y costillar barnizados, era un niño taciturno, pienso si por ser huérfano. Tenia casa propia, no alquilada como los primos y el resto de los niños, en el jardín, una vértebra de ballena, junto a la que se guardaba la barca.
Las otras barcas son de alquiler, la primera, el “PACITA”, también pequeña y toda ella blanca de muchas manos de pintura, con delgada raya azul en la borda, solo dos remos como el Tatín.
La segunda, el “JESUSMARI”, doble que las anteriores, cuatro remos y uno para hacer de timón en la popa, esta vez, sobre el blanco del casco una linea verde oliva, el nombre en la popa, es como un galeón para nosotros, el buque insignia, en verdad poco mas que una trainerilla.
Así, temprano, un monton de críos camino de la tienda para la intendencia, de huevos, patatas, harina, gaseosa La Casera, que no hay agua potable en la isla, también melones y tomates y ciruelas y......
Hacia las diez el embarque, bajo el tibio sol del Cantábrico, con cacerolas y sartenes que toda exploración fue siempre acompañada del condumio, la despedida lacónica de Beytia, marinero y dueño de la flota.......Hala ir con cuidado.
Como conquistadores de pacotilla, en vez de enfilar hacia la barra que conduce al océano ilimitado, pasamos bajo el puente de la carretera, ría arriba, era nada mas asueto de infantes imberbes de colegio de pago...........

Las primeras ampollas en las manos, de los pesados remos, presos con el estrobo de cuerda al tolete, el gracioso que con el remo lanza agua a la embarcación próxima con respuesta de tacos y alguna piedra, las arrastradas por los rápidos, todos con el agua por las rodillas la quilla por las piedras, mas tarde la navegación silenciosa entre las huertas bajo la mirada de los “carramarros” negros en el cieno de la orilla, el tren de los ferrocarriles vascongados es a veces una aparición estruendosa, preso de la vía, por el valle junto al río, tras las huertas.
La arribada a la pequeña cala, en la isla, es frenética de actividad, se aseguran las naves y pronto crepita el fuego de ramas y piñas, el menú de tortilla de patata, buñuelos de viento, regados con Casera aunque los mayores esconden alguna botella de sidra del caserío de Lasao, en el que hicimos una parada, para además mangar algunas manzanas, verdes y ácidas.
Algunos se bañan en las aguas dulzonas tan diferentes a las de la playa, con pavor del fondo viscoso y con anguilas amenazadoras.
El hambre infantil es bien conocida, todo desaparece y los pequeños lavamos los cacharros en la orilla mientras los de la sidra, creo que están mareados e incluso fuman de un paquete arrugado que algún depravado escondía en el bolsillo.
Al principio de la tarde, hay tiempo para los menos amodorrados para río arriba, explorar el "Caserío de Irurain", abandonado y con la techumbre hundida, caminar por las habitaciones empapeladas, los cacharros de cocina rotos, las camas los muebles, alguna foto de una señora de negro, todo da miedo y parece que el casero ya fallecido se aparecerá tras el quicio de alguna puerta, con su boina sobre el rostro de cadáver.
Ya de vuelta, la marea esta  bajando y las barcas vuelan, por los meandros de aguas tranquilas, pronto divisamos el morro del muelle y derrengados los espíritus  subimos por la rampa con verdín resbaladizo, donde algún gordo siempre se cae con risas de los malvados compañeros.
Beytia nos saluda alegre al ver la flota intacta y sin decir adiós nos vamos a casa, donde de exploradores intrépidos nos convertimos en cuerpos inertes bajo el estropajo de una tata, que nos ordena ponernos el pijama que la cena esta ya lista, intolerable humillación, tras la libertad conquistada y nuevamente perdida.