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febrero 16, 2017

Los vientos.

Viento hay en todas partes, aunque en unas más que en otras.

Aquí en este rincón hay mucho, y fuerte a veces, aunque también hay días calmados y de luz dorada, en que pareciera que fuera esto el paraíso terrenal.
En cada parte del mundo le ponen nombres a los vientos, nombres a veces poéticos como Céfiro, viento suave del oeste en la Grecia mitológica y padre según ellos de todos los vientos del mundo.
Nombres que suenan vulgares como el “Karajol”, que así le llaman en Bulgaria a uno que viene del oeste y les trae lluvias.
Aquí los dos  vientos dominantes son el Levante y el poniente, nombres de no mucha inspiración, uno que sopla desde el este y otro del oeste, del mar y de la tierra.
El Levante de aquí es viento molesto y muy húmedo, sopla desde las costas de Libia y trae la sal y el marismo del mar de Alborán.
Es fenómeno este que dura cuatro o cinco días, a veces más, encrespa el mar con unas olas feas y violentas y hace que se cierre el puerto de los barcos que cruzan el estrecho.
Aunque esté despejado, el aire húmedo condensa al llegar a tierra y se transforma en unas nubes feas, sin contorno y muy grises que desembocan en días desapacibles, en los que es mejor no poner el pie en la calle.
El rugido de las olas se escucha a kilómetros de distancia, e incluso a la noche aunque se atempera, sacude las ramas de los alcornoques con un efecto de película de miedo.
El poniente por el contrario, al venir de tierra, es viento reseco que llega del oeste, es más llevadero y no traspasa los huesos de quién los sufre.
Puede ser más violento que el del este, con ráfagas de las que tumban muros y hacen caer cornisas, que decir de los alcornoques que si el suelo está blando de lluvia, los arranca y los tumba para siempre.
El poniente también dura unos días, aunque pronto se suaviza y deriva a solo una brisa agradable.
Con este viento de poniente el cielo se pone de un azul intenso, si hay nubes, son blancas y redondeadas, como se supone que deben ser las nubes.
Las noches de poniente son calmas, que amaina mucho y las estrellas brillan por la falta e humedad en la atmósfera.
Hay aquí pocas veces viento sur, que viene de Gibraltar y suele ser suave e indeciso, que lo mismo vira al suroeste que al sureste.
Trae el ruido de los aviones que aterrizan en el pequeño aeropuerto y el olor a azufre de la refinería de CEPSA, 
Por último está el viento Norte, como el sur bastante infrecuente.
Es viento este ultimo, helado pues es el que barre a toda la Europa que tirita, aquí produce destemplanza, bien es verdad que llega al Mediterráneo muy apocado, pobres los de Siberia que parece que nace por allí.
Los vientos son seres cotidianos que condicionan nuestras vidas, como las personas, que las hay cálidas y frías, amables y odiosas, divertidas y soporíferas.
Llegan por unos días y se van no se sabe dónde, quizá a otros sitios donde les ponen otros nombres.
Los días calmos son como cuando nos viene la soledad,  sin presencia alguna, solo la naturaleza en su esplendor y las aves que vuelan sin dificultad en el aire quieto
Cuando la creación del universo no hacia viento, era todo silencio y quietud, pero Eva arrancó la manzana del árbol de la sabiduría, allá en el paraíso terrenal.
Con aquel pecado original, nos condenó el Creador a ganar el pan con el sudor de la frente, aunque hay muchos que viven de la subvención y sudan poco.
Supongo yo que en su enojo, el Creador ya marchándose del paraíso, puso el viento, para fastidiar más a la pareja de pecadores.

Desde entonces padecemos de estos días turbulentos, por el disgusto del Padre eterno, aunque no supuso que gracias a su ultima innovación, nos libraría de las medidas antipolución de la alcaidesa Carmena.

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